21 de abril de 2008
16 de abril de 2008
Nuevo...nuevo
23 de enero de 2008
La princesa y la conquista del mundo (o cómo me volví adicto a los videojuegos)
Pasó Navidad y ninguno de los regalos que pedí llegó, así que al demonio dejaré de esperar y proseguiré con el blog. Ya ha pasado bastante tiempo y aún no termino con la serie de mis vicios, adicciones o aficiones muy arraigadas – llámenlos como quieran -. Así que les presento al tercero: las pantallas y sobre todo si hay alguna forma de interactuar con ellas.
Para los que ya pasamos los 20 añitos, y transcurrimos gran parte de nuestra infancia jugando lo que sea con lo que encontráramos, ya sea en la casa o en la calle, la llegada del Atari significó otra forma de ver el simple mundo en el que vivíamos. La posibilidad de manejar un autito o reventarle la madre a tu hermano mayor superaban toda realidad. Aunque he de reconocer que en muchas ocasiones volvía a la calle o a hacer lo que fuera.
Mi primer encuentro del tipo píxel fue como a los 5 años, ya podía coordinar lo suficiente como para manejar el joystick de manera satisfactoria (al menos lo suficiente como para dejar en ridículo a mi hermano que me supera por cuatro años). Me afanaba con los juegos de autos y los que incluyeran algún tipo de estrategia. Sin embargo, y a pesar de lo bueno que era – lo siento pero en Atari si la rompía -, mi karma siempre fue un tío, al que recién superé a los diez años.
En cambio, si decidieron adquirir una computadora. Y ahí sí me hice vicioso completo, no sólo de juegos sino de enterarme todos los trucos y códigos de los ya olvidados Windows 3.1 y DOS. Aunque es cierto que gran parte del tiempo me la pasaba conquistando el mundo, ganando el campeonato de Formula 1 o averiguando los misterios del Monkey Island 2.
Pasó el tiempo, aprendí a fumar, ya conocía los efectos del alcohol y la vida dejó de ser puramente juego – descubrí que las mujeres no eran un juguete más -. Pero mi apego a las pantallas creció, y los juegos cada vez eran mejores. Llegué a alquilar un Nintendo 64 sólo para terminar Zelda y me encerré en maratones de Starcraft y Counter - Strike en cabinas de Internet (empezaban 9 de la noche y concluían 8 de la mañana) tras las cuales mi mano derecha movía un mouse de aire por las siguientes cuatro horas.
Ya no llego a tales extremos, pero aún me meto enviciadas online, o en solitario, de cinco o seis horas, y no me molesta hacerlo porque me cago de risa y puedo olvidarme del mundo por un rato. Ese mismo tiempo me lo paso estudiando, editando, arreglando fotos o diseñando en muchas otras ocasiones. Muchas personas me han dicho que me paso de la raya a veces, y dependiendo de quien venga, no me importa la verdad. Tú anda abúrrete en la realidad…yo tengo que conquistar el mundo.
20 de diciembre de 2007
Los nuevos reyes magos (ahora si me van a traer lo que pida)
1. El “Hip Hoppa”, es la nueva versión del palo de pogo, o “pogo stick” para los cultores del spanglish. En este caso se ha reemplazado el resorte por una pelota y promete maniobras geniales y sacadas de madre más pajas todavía. Ha sido considerado en Estados Unidos como el séptimo juguete más peligroso de la temporada y el fabricante pide el uso de equipo de seguridad. Aún así, me imagino entrando a la universidad saltando sobre la tablita a las siete de la mañana, no habrá plomito que me friegue.

2. Una invitación expedida por la propia Ferrari para conducir y ser dueño de un Ferrari FXX, del cual sólo se han producido veinte unidades, y sólo una en color negro. Su motor V12 da 800 HP (caballos de fuerza) que a uno lo llevan en 2,5 segundos a 100 y un rato después a los seguros 356 km/h
3. La versión original del Adobe Creative Suite 3 Master Collection, con factura por favor, que incluye programas como Photoshop, Illustrator y Premiere. Para alguien que pasa cerca de ocho horas ablandando un teclado e inventándose huevada y media es un sueño.
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4. No soy tan pedigüeño, así que sólo quiero la Alienware Area-51 7500, con procesador Duo de 3.0 GHz, 2 GB de RAM y cerca de un terabyte (como 1000 GB) de capacidad de disco duro se acabó el laggeo para el Warcraft y puedo editar lo que sea.
5. Y para el final: un iPod Touch de 16 GB, básicamente por que es bonito y sólo le falta el teléfono para ser un iPhone, y a mitad de precio. Además, qué mejor que escuchar música con estilo.
Nota del redactor: Pienso que la Navidad y todo lo de los regalos es una monería jalada de los pelos. Pero no puedo negar que ahora que me compro mis propios regalos, pensar que algún personaje con el que me identifico me traiga algo tan paja me saca del aburrimiento del inicio de vacaciones. Además, como las fiestas son dar antes que recibir, yo doy mi lista al mundo.
25 de noviembre de 2007
Aquellos brebajes místicos (o cómo explicar una tranca )
Siguiendo la serie de vicios, o como quieran llamarlos, llego a la razón de varios de mis apodos y de ciertos mitos urbanos que me incluyen. Sin más preámbulo, el vicio número 2: el alcohol.
Mi relación con los brebajes místicos portadores del radical OH se puede remitir, otra vez, a mis años de inocencia infantil, cuando mi papá me daba una botella vacía para cambiarla por una llena cuando habían reuniones en casa, o tal vez en las ocasiones cuando me invitaba un sorbo de su vaso. Claro, eso ya hace una punta de años, ahora sabe Dios lo que haría en esas situaciones.
Cuando tomé mayor conciencia de lo que podían hacer “un par de chelitas” o “un vasito de ron”, mi curiosidad pudo más que el sentido común que se puede poseer a los 12 años. Lo admito: por esos años conocí el trago, aunque recién empecé a chupar por mi cuenta un año después.
A partir de ahí mi relación con las agradables “agüitas” de colores creció, y también empezó a traerme problemas. Sufrí el rechazo de agraciadas féminas, quienes al verme vaso en mano feliz de la vida se escapaban, o miraban con recelo todo acercamiento amistoso precedido por mi olor a barril de añejamiento. Tampoco fueron raras las ocasiones en que sentí la aversión de algún feligrés santurrón hipócrita (¿qué coños hacía en un bar o en el mismo parque que yo si tanto le jode el trago?), por lo general me zurraba, y zurro, en ellos, ¡a quién no se le ha pasado la mano alguna vez! Igualito que enconos, gané amistades que hasta hoy aprecio y mantengo.
Hasta que entré a la universidad, en mi casa no tuve mayores problemas, eso hasta que mi viejo se daba cuenta que me había chupado la mitad de alguna de sus botellas, o cuando mi madre se indignara por alguna respuesta conchuda para explicar olores peculiares a caña y cebada, o peor aún cuando tenía visibles signos de embriaguez galopante. Creo que mi vieja tiró la toalla conmigo cuando me confesó (ya portaba DNI por si acaso): “tú ya no tienes remedio, igualito a tu papá eres”. No pude más que sentirme mal por mi esmerada, pero resignada, madre.
Tal vez es por eso que cuando planteo en mi hogar la posibilidad de irme de vacaciones un par de semanas fuera de Lima empiezan las advertencias de mis padres. Al escuchar Cusco, se les baja el azúcar y empiezan a ver la forma de disuadirme, tampoco falta la voz de mi hermana que jura que me envían al cadalso o que es como darle miel al diabético. A fin de cuentas, en los últimos años si puedo decir que chupo con mi plata, y si me voy lejos de mi casa es para quitarme un poco el peso de pasarme de la raya sabiendo que en la mañana siguiente tendré que ver a mis padres, y por ende, el desayuno que terminará de mandarme a la mierda.
De lo que estoy seguro es que mientras pueda no dudaré en tomarme una chelita para relajarme, o chuparme una botella de pisco para meterme la bomba. Que elija irme a tomar en vez de estudiar no me hace peor ni mejor que nadie, me hace ser dueño de mis decisiones y por un momento alejarme de la rutina. Si me paso de la raya, será una anécdota más y algo más de lo cual pueda burlarme, además el pecado está en el escándalo ¿no? No me interesa si alguien me ve mal o me considera inferior, puede irse a dónde mejor le parezca, porque de mi banco o de mi pedazo de vereda no pienso moverme en mucho tiempo. Habla, ¿unas chelas?
19 de noviembre de 2007
La uitilidad del E-mail...bueno sería
Hace poco hice el ejercicio de repasar todas las sandeces y barbaridades que me han llegado por e-mail, y cómo hubieran cambiado mi vida, algunas lo hicieron, si las hubiera realizado. Aquí unas cuantas
1. Cuando bailaba me aterroricé de levantarme a una mujer que esté conectada con ladrones de órganos y que así me roben las córneas o me saquen los dos riñones y hasta el esperma, dejándome tirado en una tina llena de hielo y sangre con un mensaje en el espejo que diga: "Llama a emergencia, pero de todas maneras te morirás".
2. Dejé de tomar Coca-Cola luego que me enteré que sirve hasta para quitar el sarro de los inodoros, al menos hasta que averigüé que no hace casi ni mierda
3. Dejé de ir al cine por miedo a sentarme en una butaca con una jeringa infectada con SIDA.
4. Dejé de pasar por esquina de la Arequipa por la Aramburu por el temor a que una viejita me pida ayuda con el celular y que me intoxique con burundanga.
5. Casi vendo mi celular porque me iban a regalar un Sony Ericsson, pero nunca me llegó. De igual forma dejé de usarlo por un tiempo por temor a que las ondas me dieran cáncer cerebral, o que empezara a controlarme la CIA
6. Igualmente, me perdí de unos juergones por borrar cuanto mensaje de texto me llegara por temor a que hackearan mi celular, felizmente me duró un par de semanas
7. Dejé de tomar Pulp por temor a los envases con SIDA
8. Me aterré de comer pollo y hamburguesas porque no son más que carne de engendros horripilantes sin ojos ni pelos, cultivados en un laboratorio.
9. Dejé de tener relaciones sexuales por miedo a que me vendan los condones infectados y/o que igual pueda meter la pata y me dé SIDA porque los espermatozoides son capaces de atravesar el látex (algún isótopo nuclear deberán tener porque no le encuentro otra explicación)
10. Estuve a punto de darle dinero a la cuenta de Brian, un enfermito terminal que estuvo a punto de morirse unas 7000 veces, la mayoría en hospitales tan lejanos como el Beirut o el de Londrés
11. Casi me convence de ser activista en una campaña contra la tortura de unos osos asiáticos a los que le sacaban la bilis, y contra la tala en la Selva Amazónica.
12. Me bajé cuanto antivirus existía para evitar que la ranita Budweiser invadiera mi disco duro o que los Teletubbies se apoderaran de mi protector de pantalla, mandando soeces estrofas por mis parlantes.
13. Esperé como huevón los $1500 que me mandarían Microsoft y AOL por participar en la prueba de rastreo de e-mail, el viaje a Disneylandia con todo pagado lo sigo esperando.
14. No me gané los 10 millones, ni el Ferrari F-50, ni tuve sexo con Scarlett Johansson, que fueron los tres deseos que pedí luego de mandar a diez personas el Tantra Mágico enviado por el Dalai Lama de la India.
15. Me encomendé a cuanta virgen que ofrecía llevarse mis penas, ahora no sé que chucha soy (musulmán, católico, crisitiano, fundamentalista o mormón) y no me importa.
NOTA IMPORTANTE: Si no copias este post y lo reenvías a un millón de personas te defecará un perro a las 12 del mediodía (y el perro tendrá rabia y te contagiará), pero sí lo envías a Bill Gates te declarará su único heredero.
11 de noviembre de 2007
Ese placer humeante (y cómo uno se hace fumador)
Con este post inicio una serie de temas sobre mis vicios más queridos y que no pienso dejar hasta que lo vea por conveniente. Creo que más que vicios, son cosas que me encanta hacer y le dan algo de nuevo a mi rutina diaria. Pero bueno, basta de introducciones. El primer vicio es el cigarro.
Mi relación con el tabaco creo que se inicia desde que nazco, o al menos desde que tengo uso de razón. En un hogar de fumadores es muy difícil quitarse el olor a tabaco y uno lo ve como algo normal. Claro, eran tiempos en que me levantaba a las 7 de la mañana los sábados para ver Nubeluz y los adictos a la nicotina no eran tan rechazados socialmente.
Por ese entonces yo veía al cigarro como algo que botaba humo y que requería de fuego, una de mis obsesiones de chibolo, para funcionar. Además, casi todos en mi familia fumaban, podría decirse que crecí en medio de neblina. Cuando mi inocencia se fue perdiendo percibí el extraño placer que causaba dicho objeto en los adultos, y siempre resultaba el calmante esencial ante los malhumores que le causábamos a mi vieja.
Así fue que crecí con la idea de que el cigarro no era malo, y cuando empecé a fumar lo hice de puro curioso. Le robé un par de puchos a un tío y aproveché las velitas misionera de mi abuelita para prenderlo. Obviamente, cuando se dieron cuenta me sacaron la remadre, y lo dejé por unos años. Por lo menos hasta que mi hermano compraba mi silencio con cigarros y conocí la vida nocturna.
Para mis padres yo no fumaba hasta que ya era demasiado obvio en quinto de media, y cuando les dije que venía a Piura, el rostro de mi madre se desencajó y casi convulsiona y mi papá se cagó de risa. Seguro imaginaban que pronto tendría enfisema y toda clase de males respiratorios. Hasta hoy nada de nada, felizmente
En fin, el cigarro ha estado conmigo en buenas y malas, digamos que es una amistad que compro una vez cada dos días y viene con veinte puntas. También me ha causado problemas: varias chicas se asqueaban con el humo o simplemente me mandaban a la mierda, y he sentido el repudio de más de un parroquiano en distintas partes.
De todas formas, no está en mis planes a corto plazo dejar definitivamente el cigarro. Comprendí al fin el efecto calmante que tiene, no me importa que me miren mal o me boten de algún sitio por ser fumador; la compañía que me ofrece el tubito de papel relleno de tabaco en noches de estudio o para acompañar una chela vale más que las 3 lucas que pago por cajetilla. Soy fumador y que diablos, si te molesta estoy seguro que dos mesas más allá, o en la siguiente, hay algo de aire viciado que no quiero respirar.





